Los
rezos de
consagración privada han sido una larga tradición. La dedicación
al Sagrado Corazón de Jesús fue acentuada de nuevo por Sainte Marguerite
Marie Alacoque siguiendo las instrucciones recibidas durante las
apariciones,
siendo a la vez obediente a la dirección de su padre espiritual, Claude
de la Colombiere. Ella respondió con un amor consagrado a Jesús quién
le pidió que lo amara ya que no era amado mucho. Las palabras
que Jesús le revela esta escrito en la autobiografía de Marguerite
Marie Alacoque:
Ce qui m’est beaucoup
plus sensible que tout ce que j’ai souffert en ma Passion; d’autant
que s’ils me rendaient quelque retour d’amour j’estimerais peu
tout ce que j’ai fait pour eux, et voudrais, s’il pouvait, en faire
encore davantage; mais ils n’ont que des froideurs et du rebut pour
tous mes empressements à leur faire du bien.
La idea de consagrarse dentro de un estado de vida como el matrimonio
o la vida religiosa personaliza ese estado para centrarse en un aspecto
particular de la vida de Cristo. Sainte Marguerite Marie Alacoque tenía
una vocación religiosa visitadina, pero las particularidades
espirituales
de su vida religiosa tienen la marca de la consagración al Sagrado
Corazón. Muchas personas están consagradas al Sagrado Corazón
y muchas casas exhiben su imagen. Otras personas están consagradas
a los varios títulos de la Madre de Dios. Algunas familias son
devotas a un título particular de Nuestra Señora como la Virgen del
Pilar o la Virgen de Guadalupe; y algunas órdenes incluso han expresado
su dedicación en manera particular a la Pasión Dolorosísima de Cristo,
formando una parte integral de sus carismas. Podemos decir que dentro
de su vocación como carmelita, la Madre Concepción hizo todos tomando
como su inspiración el Amor procedente del Sagrado Corazón de Jesús,
pues, su vida es la espiritualidad encarnada del Sagrado Corazón.
Con su consagración al corazón sagrado el 8-9-1939, la fiesta de la
Natividad de la Virgen María, tenemos un mapa de su peregrinación
hacia la inmensa felicidad escondida en el Corazón de un Dios quien
se ha dado a sí mismo por la redención del mundo en una perfección
de amor. Madre Concepción no compuso esta consagración,
pero es su vivencia, una realidad a la cual las Descalzas de Palma de
Mallorca ponen importancia. Pero Madre Concepción la re-escribió muchas
veces de su puño y letra como las Descalzas nos han testificado.
Las hermanas escriben en “La Carta de Edificacion” su experiencia
de viviendo con Madre:
Las palabras que escribe
el día de su consagración son su propia autobiografía. Somos
testigos de ello. Todo cuanto entonces prometió
se lo hemos visto practicar día tras día, momento a momento sin el
menor cansancio, sino con un propio convencimiento, alegría y
generosidad,
que siempre iban en aumento. Ella nos solía repetir que,
“El Amor no se cansa, y si se cansa, no es amor.” Jamás se
cansó la M. Concepción de amar al Corazón de Jesús, y con El y en
El amaba a todos los hombres.
En
el Carmelo, las consagraciones son situadas en un contexto de devoción
privada. La importancia debe ser puesta sobre la vida religiosa
en sí misma, pero las hermanas pueden practicar sus devociones privadas,
las cuales ayudarán sus vidas espirituales. En el Carmelo, las
consagraciones privadas están presente en personalidades famosas y
recientes de la Orden. En particular, quisiera recordar a Saintes
Thérèse de Lisieux y a Elisabeth de la Trinité. Thérèse
interiorizó el espiritu de consagración que la transformó en una
víctima del amor de Jesús en reparación por los pecadores, porque
ellos son amados por Dios inmensamente. Thérèse de Lisieux nos
dice en L’Ofrande de moi-même comme Victime d’Holocauste
à l’Amour Miséricordieus du Bon Dieu:
Après l’exil
de la terre, j’espère aller jouir de vous dans la Patrie, mais je
ne veux pas amasser de mérites pour le Ciel, je veux travailler pour
votre seul Amour, dans l’unique but de vous faire plaisir, de consoler
votre Coeur Sacré et de sauver des
âmes qui vous aimeront éternellement.
Aunque la consagración de Sainte Thérèse consistía en ser una víctima
de reparación, la consagración de Elizabeth era para ser una presa
a la Santissima Trinidad, estas dos vidas muestran una ofrenda a Dios
quien es Amor. Elizabeth es famosa por su último párrafo donde
se describe a sí misma como una “presa” que se consumirá en el
amor divino de la Santísima Trinidad.
O Dieu,
mes Trois, Mon Beatitude, infinite solitude, immensité
où je me perdre. Je me livrais vous commen un proie.
Ensevilissez- vouz en moi, pour que je m’ensevelisse en vous, en
attendant
d’aller contempler en votre lumière l’abîme des vos grandeurs.
Es en tal
espíritu
de consagración que también la Madre Concepción encontró una felicidad
inmensa hasta los últimos momentos de vida. Era su llamada personal
de parte de Dios a estar dedicada a Él bajo el título del Sagrado
Corazón como la Madre Concepción escribió durante sus Ejercicios
Espirituales de 1971:
Quiero,
Dios mío que toda mi vida sea apostolado a lo carmelita oculta
en tu Corazón. El Padre ha leído de los
Santos Evangelios lo que trata de la crucifixión, luego nos ha dicho
que fuéramos a la celda y ante el crucifijo terminásemos la meditación.
Yo he leído el Evangelio de S. Juan y me ha emocionado mucho cuando
dice: “Tengo sed”; me he imaginado que Jesús me miraba y me decía:
“Tengo sed de amor y de almas” y le he prometido hacer lo posible
para apagar su sed, pero que tiene que ser
Él quien me lo haga cumplir.
Es la misma
experiencia de Santa Marguerite Marie Alacoque, la Apostol del Sagrado
Corazón.
Si
había una pregunta constante durante la vida de la Madre Concepción
que encontramos en sus cuadernos, fue la pregunta que ella asiduamente
le dirigió a Dios: ¿Qué queréis Señor de mí? Descubrimos
que esta búsqueda estaba presente en ella en 1979, cuarenta años después
de su primera consagración la cual hizo el 8 de septiembre de
1939, quando escribió esas palabras similares a los que Santa Teresa
de Avila escribió en su lirica, “Vuestra Soy”:
La consagración
de la Madre Concepción al Corazón de Jesús fue hecha durante un tiempo
de gran turbulencia en España. El año 1939 no estuvo muy distante
del año 1936 cuando muchos religiosos fueron martirizados. En
la Orden Carmelita las tres martires de Guadalajara y la Beata María
Sagrario de San Aloisio Gonzaga dieron su vida a Dios. Ellas se
dieron a sí mismas con la totalidad del amor y la firmeza de la fe
bajo circunstancias de persecución violenta. Otro evento marcó
los tiempos tristes de 1936. En el Cerro de los Ángeles la gran
estatua del Sagrado Corazón de Jesús fue ejecutada públicamente por
rebeldes comunistas. Esto sucedió a distancia suficientemente
cercana que Santa María Maravillas pudo ver y escuchar los tiros.
Esa noche ella se mantuvo en vigilia de reparación al Sagrado Corazón
que no era suficientemente amado. Ella conoció el hambre por
la humanidad que este Corazón tenía, el cual no había sido satisfecho
desde los tiempos de Sainte Marguerite Marie Alacoque. La consagración
de la Madre Concepción vino en el momento justo cuando el Corazón
de Cristo no era amado suficientemente y de hecho, era despreciado por
los hombres. En 1939, en su claustro, su acto de consagración
fue profético porque constituyó una reverberación de espiritualidad
que resonaría a través de toda su vida. La consagración de
la Madre Concepción abarcaba un acto de reparación por los tiempos
de tribulación. Ella reza a Dios: “quiero hacer lo posible con
los sufrimientos para reparar tu honor y gloria divinas”
Ella respondió al amor de Dios en el cual creía y al que experimentaba
personalmente. Ella sentía que el Corazón de Dios estaba siendo
grandemente ofendido porque ella sabía cuan grandemente Dios la amaba.
Había un intercambio personal entre Dios y ella, una relación personal
fundada en una vida profunda de oración. Su corazón estaba siendo
grandemente sensibilizado hacia las mismas mociones y sentimientos de
Cristo. Esto era posible solamente por causa de la alianza entre
la Madre Concepción y el Sagrado Corazón. Madre escribió en
su consagración:
Acepto gustosa este pacto
que deseas tan dulce y tan honroso de cuidar Tú
de mí, y yo de Tí . . . aunque me mates en Ti esperaré
y de Tí me fiaré . . . Quiero Dios mio, olvidarme
por complete de mí misma y de todo interés propio y fiarme absolute
de Tí, descansando con paz segura y tranquila en tu dulce providencia.
El amor de
Madre Concepción por Cristo fue expresado en la importancia que la
contemplación tenía en su vida. La contemplación es el lugar
donde ella hablaba íntimamente con Cristo y de este modo se escondía
en su Persona Divina. Ella escribió sus intenciones al dia del
retiro, 4 Aprile 1958:
Contemplar con frecuencia
al infinito que me envuelve por todas partes, perderme en
Él y despedir toda suerte de orgullo.
– Destinar un momenta a la mañana y otro a la tarde para pensar en
Él de rodillas, saboreando estas hermosas palabras:
“Dios mío y mi todo.”
¿Acaso no tenemos aquí un
eco de los sentimientos exactos de Teresa de Ávila “solo Dios basta”?
El deseo de Madre Concepción de fiarse a Cristo y la esperanza que
tenía de que Cristo se fiara a sí mismo en ella son simbolizados en
estas palabras “cuidar Tú de mí, yo de Ti”. Estas palabras
son similares a la unión nupcial de Dios con la amada en el Cantar
de los Cantares, 2, 15, “Mi amado es mío y yo soy suya.”
Los mismos sentimientos del unión mistica con Dios la Madre Teresa
describe en la lirica, “Mi Amado para mí:”
Y de tal
suerte he trocado
Que mi Amado
para mi
Y yo soy
para mi Amado.
Cuando el dulce
Cazador
Me tiró
y dejó del amor
En los brazos
del amor
Mi almo quedó
rendida,
Y cobrando nueva
vida
De tal manera
he trocado
Que mi Amado
para mi
Y yo soy
para mi Amado.
Hirióme con
una flecha
Enherbolada
de amor
Y mi alma quedó
hecha
Una con su
Criador;
Ya yo no quiero
otro amor,
Pues a mi Dios
me he entregado,
Y mi Amado
para mí
Y yo soy
para mi Amado.
Esta es una convivencia espiritual entre el alma y Dios, una donación
mutua resultando en un amor profundo en el corazón y un conocimiento
personal del Esposo en el entendimiento. Nuestra Madre en la fe,
Santa Teresa de Avila escribió en Meditaciones sobre los Cantares,
capitulo quatro, un comentario de la convivencia espiritual:
Mas cuando
este Esposo riquísimo la quiere enriquecer y regalar más, conviértela
tanto en Sí, que, como una persona que el gran placer y contento la
desmaya, le parece se queda suspendida en aquellos divinos brazos y
arrimada a aquel sagrado costado y aquellos pechos divinos. No
sabe más de gozar, sustenada con aquella leche divina, que la va criando
su Esposo y mejorando para poderla regalar y que merezca cada día más.
Madre
Concepción
vivió esta vida de amor con Cristo en sus deberes cotidianos, haciendo
todo con gran amor, especialmente viviendo su voto de obediencia
religiosa
a la voluntad de Dios en sus varias penitencias y responsabilidades
en el monasterio. En la Carta de Edificación están escritas
las siguientes palabras encontradas en su cuaderno:
Así
pues, oh Jesús, vivimos juntos. Las obras realizadas bajo vuestra
influencia nos son comunes; son mías, porque yo las he puesto
libremente;
son vuestras, porque lo todo sobrenatural que contienen pertenece a
vuestra gracia. Tomadlas, pues, ya que son vuestras; recibidlas
porque también son mías, y unidlas a vuestro gran Cuerpo Místico.
Ella quería
hacer solamente aquello que era la voluntad de Dios y se vació a sí
misma del derecho a reclamar posesión sobre cualquier cosa que hiciese
bien.
Mi salvación
eterna, mi grado de gloria con el Cielo, y de virtud en la tierra, mi
progreso espiritual; no quiero en todo esto más que lo que Tú
quieras, pues ya mis intereses son tuyos. Mi cuerpo, salud y vida, dame
lo que a Ti te agrade y en la forma que sea tu voluntad. Mis obras
buenas
hechas y por hacer, hasta mi postrer instante, de poco te servirán,
pero cuanto valgan, ahí las tienes. Como no son mías ya no dispondré
de ellas, sino en los casos de obligación o si en obras que la caridad
pide será con la condición expresa de si fueren de tu agrado.
En otra parte
de la consagración ella repite sentimientos similares ofreciendo
todo—familiares,
hermanas y obras—para la gloria y el honor del Señor para hacer su
divina voluntad.
Cuanto por
mí ofrecieren en vida o después de muerta. Mis asuntos, familia,
oficios, empresas, amigos, obras de celo, etc. Tú sabes mejor que yo
lo que conviene para tu gloria y bien mío. Haz como te agradare, aunque
veas que me cuesta. En todo esto quiero hacer como si el
éxito dependiera de mí sola, pero luego el resultado dejártelo todo
a Ti, conociendo que Tú sólo, no mis pobres diligencias, serás quien
lo ha de llevar a término.
Podemos
estar seguros que el gozo que la Madre Concepción trajò al Carmelo
de Palma de Mallorca procedía de un corazón humano unido al corazón
de Jesús. La Madre nos revela su amor por el prójimo. En el
contexto de su vida, el prójimo significaba no solamente las hermanas
al Carmelo, pero la iglesia también. Ella escribió en cuaderno
9 página 28, “Propongo amar a Dios con todo mi corazón con
apasionamiento
y al prójimo por Dios con delicadeza como trataría a Cristo.”
En
la Carta de Edificación, las hermanas han registrado su amor por el
prójimo:
Amaba a todos, empezando
por los más próximos, por su propia comunidad; por su celo llegaba
hasta el último confín de la tierra.
Rezaba y se sacrificaba e inmolaba por todos y cada uno. Nadie
quedaba excluido de su vida de oración y amor en la Iglesia y por la
Iglesia a quien tanto amaba, por quién se ofrecía, y por quién pedía
todos los días por su santidad. Era muy consciente de su apostolado
de alma contemplativa en el mismo corazón de la Iglesia, con si vida
escondida con Cristo en Dios.
Esta es un
actualizacion de su consagración al Sagrado Corazón. Sus sentimientos
interiores se revelan al exterior por su vida santa.
A
través de las experiencias registradas por las Descalzas en la Carta
de Edificación, podemos afirmar que la Madre Concepción era
inmensamente feliz en el ultimo día de su vida. Encontramos en
la Carta de Edificación esas palabras:
Todas notaron que a la
M. Concepción la embargaba una alegría interior
indescriptible y profundísima, que se desbordaba en una sonrisa de
cielo tan angelical que no podía disimular. Nos dió el abrazo
radiante de felicidad. Nos lo había repetido siempre: Esta vida
es un cielo, si lo puede haber en la tierra, para la que quiere cumplir
sólo la Voluntad de Dios. En queriendo más todo se pierde, pues
no lo puede tener.
Como sello
de santidad, Madre Concepción dedicó su peregrinación de consagración
a la Bienaventurada Virgen.
Madre mía Inmaculada, aunque
indigna hija tuya, vengo a Tí pues sé
que en esta ocasión te agradará mi deseo. Quiero ser toda del
Corazón de Jesús, pero siendo Tú mi Madre, no quiero dar un solo
paso sin Ti. Aquí tienes mi pobre consagración, arréglala como mejor
te agradare y después en tus purísimas manos, o mejor si te parece
guardada dentro de tu purísimo Corazón, preséntala al Corazón de
tu Hijo, y luego, Madre querida, toma a tu cargo el hacérmela cumplir
a fin de que eternamente conste que todo lo que por esta vía alcanzare,
la gloria, después del Corazón de Jesús se deberá
a Tí.
La intercesión
de la Virgen ante Cristo tiene un poder incomparable para dirigir
nuestras
vidas asemejándonos más a la vida de Jesús. Como verdadera
Madre que alimenta a sus hijos ella nos nutrirá como nutrió a su Hijo
Divino. En la escuela de santidad la Madre de Dios es como una
Madre priora.
Dejemos
que la Madre Concepción tenga la última palabra sobre el secreto de
ser inmensamente feliz. En la página dos del cuarto cuaderno,
durante los ejercicios espirituales de 1979 de los cuales recibió muchas
gracias e inspiraciones, ella escribió:
“ser santos
es una determinada determinación de hacer siempre y en todo la voluntad
[de Diós]…hacerlo todo cuando Dios lo quiere, como Dios lo quiere
y porque Dios lo quiere.”