Víctima

 

Víctima 
 
FIN: alcanzar misericordia para los pecadores.

SE UNE: al Coro de las Virtudes.
 
VIRTUD: negarme a mí mismo, mediante la mortificación, interior y exterior.
PETICION: dame Jesús tu Corazón abrasado de amor por los pecadores, y amor al sacrificio.










 
 
Jesucristo, Víctima de amor.
 
  El Corazón de Jesús se ofreció a Sí mismo para satisfacer por nosotros y por todos los hombres.
  Él mismo fue la Víctima, por amor a Dios Padre y por amor a nosotros. 'Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos'. 'Nadie me quita la vida. Soy yo quien la doy'.
 
 Y ¿por qué? porque al ser el verdadero amor, antagónico al egoísmo, no se busca a sí mismo,
sino que se entrega; se da a sí mismo, hasta llegar al colmo de la generosidad.
 
Por eso,  Jesús, que es el Amor infinito y el Amor mismo,
se entregó a Sí mismo hasta la muerte,
y una muerte de cruz,
por cada uno de nosotros.
Él pagó lo que nosotros merecíamos.
 
Cuando cualquiera de nosotros vemos a Jesús pendiendo de la cruz podemos saber hasta dónde ha llegado el amor de Dios hacia cada uno y en qué nos ha valorado. 
 
Conociendo esto, el enamorado del Corazón de Jesús,
se hace solidario con Él, con sus sufrimientos,
se despoja de sí mismo.
Procura vivir de Cristo
y quiere suplir en su propia carne lo que falta a la Pasión de Cristo,
haciéndose 'víctima' con Él.
 
Procura vivir con:
'espíritu de habitual amor al sacrificio' por complacer al que ama, y con
'espíritu de mayor abnegación y mortificación' en todas las cosas posibles.

 
 
OFRECIMIENTO PARA TODO EL MES: (para hacerlo el Primer Viernes de Mes (se puede hacer cada día):
 
Divino Corazón de Jesús, por medio del Corazón Inmaculado de María -y de Su Esposo San José- y asociado al Coro de las Virtudes, te ofrezco todas las oraciones, obras y padecimientos de este mes (de hoy), en unión de todas las intenciones por las cuales te inmolas sin cesar sobre el altar.
 
Te las ofrezco en particular, en espíritu de sacrificio, para alcanzar misericordia por los pecadores.
 
Jaculatoria: Corazón de Jesús, convierte a los pecadores, salva a los moribundos y libra las almas del purgatorio. 
 
Ejemplo de la M. Concepción:
 No se buscaba nunca en nada a sí misma, ni su comodidad, ni sus complacencias, sino que tenía 'espíritu de habitual sacrificio' en todas las cosas y en todo escogía el irse configurando con Cristo -tal como Él quiso vivir en este mundo- pobre, falto de todo, sin tener dónde reclinar la cabeza, obediente, casto, mortificado... Este vivir al estilo de Cristo, con Él y en Él, y por sus mismas intenciones, le hizo inmensamente feliz.
 
Porque el que busca satisfacer siempre y en todo sus propias pasiones, sus goces, sus caprichos
¿qué felicidad verdadera y durable puede tener aún en esta vida?
 
La M. Concepción nos decía constantemente con su palabra, pero sobre todo con su ejemplo:
'el amor es darse, sacrificarse, olvidarse por complacer a aquel a quien se ama'.
 
Todo esto hecho en 'solidaridad' con Cristo, por la conversión de los pecadores,
 es el 'espíritu de víctima'.
 
 
La M. Concepción lo dio todo; pero sobre todo se daba continua y completamente a sí misma en todas las cosas por amor a Dios y por amor al prójimo. Este 'espíritu de habitual sacrificio' es lo que le hacía que cualquier dificultad le resultase dulce y fácil; de ahí sus palabras tan habituales:
'No me cuesta nada. Esto lo puedo hacer...'
 
Continuamente se estaba dando a sí misma: en los trabajos, en la caridad, en la pobreza de espíritu, en su humildad de corazón, en el saber escuchar y atender...
 
A continuación se narra un detalle vivido en los últimos días de su vida, como un botón de muestra  de su entrega constante, de su habitual mortificación interior y exterior:
 
Una Hna. -por pura devoción- acostumbraba todos los años en el aniversario de su entrada en el Carmelo, por la tarde, a la misma hora, volver a hacer el recorrido que hace cualquier postulante en el momento que entra en clausura, o sea: desde la puerta reglar hasta el coro, para cantar delante del Santísimo la Salve a la Virgen, haciéndose así la idea de que volvía a entrar de nuevo -cada año- en el monasterio, con mayor ilusión y entrega que el primer día.
La M. Concepción la solía acompañar en esa devoción particular, pues veía que aprovechaba su alma.
Llegó la tarde y la hora determinada y la M. Concepción le dijo a la Hna. que podía acompañarla. Y hacía más de un mes que estaba delicada, con fiebre, recluida en su celda.
-No, V.R. está mal, no puede bajar. 
-'Sí, que puedo. No me cuesta nada'.
Como es natural la Hna. no se lo permitió.
-'La esperaré en la celda para ir al coro'.
Y así quedaron.
Cuando la Hna. ya había hecho el recorrido, se emocionó cuando vio que la M. Concepción con su andador la estaba esperando -no en su celda- sino en la escalera, y juntas andaron lo que faltaba hasta llegar al coro para la Salve.
 
Hay que notar el heroísmo que suponía aquel recorrido en el estado en que se encontraba: un trayecto de ida y vuelta con dos escaleras de por medio y más de 120 pasos cada vez. Esto es:
 
120 pasos de ida y otros tantos de vuelta. En total 240 pasos.
¡que tenía que recorrer sin estabilidad!.
Dos escaleras: una 'pindia' y la otra con 'rampa' que primero tenía que bajar y luego subir.
En total 4 escaleras
que tenía que bajar y subir ¡prácticamente ciega!.
 
Y todo esto, sin ninguna necesidad, sólo por 'la devoción particular' de una monja.
 
añadiéndose a todo esto el estado de gripe en que se hallaba desde hacía más de un mes:
con fiebre ...!
 
Pero su argumento, sus palabras fueron las de siempre:
'No me cuesta nada'.
A los cuatro días moría.
Y moría en pie.
 
 
 
Última fotografía unas cinco semanas antes de morir. Resistió sin la menor queja una hora en pie, con fiebre, todo el tiempo que duraron diversas fotografías de comunidad.